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La Montálvez

—¡Caramba con la chica ésta!... Que me caso con él. ¿Lo
entiendesahora?
—Sí que lo entiendo; pero no es noticia para mí.
¿Cuántos siglos haceque estáis... en eso?
—¡Dale, la muy taimada!... ¿No te he dicho que, por fin,
se de-ci-dióya? ¿Lo quieres más claro?
—¿Quieres decir que os vais a casar en seguida?
—Eso mismo.
—¡Acabaras!
Aquí un ratito de silencio. Cierta inquietud en Sagrario.
Miradasinvestigadoras en su amiga, envueltas en sonrisas
maliciosas. Recios,secos e intermitentes charrasqueos del
abanico de la novia. Al finvolvió a hablar la primera, y dijo
a la segunda, sin borrar de su carala expresión maliciosa:
—¿Y para contarme esto solo me has traído tan acá y tan
a escondidas,cuando podías haberlo publicado a gritos en
medio de la tertulia..., yde seguro lo publicarán mañana los
periódicos en sus crónicas desalones?
—Para esto solo—respondió Sagrario, sonriendo
también—, y para lo quede ello se cae por su propio peso.
—Lo suponía: un poco de comentario; pero como te
quedaste tancallada...
—Pensaba yo que a ti te tocaba empezar.
—Claro, ¡como no hay todavía franqueza entre nosotras,
y tú eres unajoven tan corta de genio!... ¿O es que piensas
tomar el papel de casadapor lo serio y comienzas ya a hacer
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