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La Montálvez

Pues con este hombre se había casado Leticia, después de
convencerse (enopinión de sus amigas) de que no había en
el horno de sus especialeshechizos, fuego bastante para
fundir el hielo de Pepe Guzmán, que ladistinguió por algún
tiempo con sus cultas y amenas «frialdades».
Con estos dos hechos se explicaba la conducta de Leticia
con elbanquero. Le quería para Verónica, con el piadoso
fin de que no tuvieraésta marido más lucido que ella; y se
miraba mucho en el capítulo de laszumbas a la interesada,
porque, hasta la fecha, era el caso de lagenerala harto más
mordible que el de su amiga.
IX
Así las cosas y andando los días, una noche, en casa de
Verónica, tomó aésta del brazo Sagrario; llevósela a un
rinconcito lejos de la gente; yallí, sentadas las dos en
sendos sillones de rica tapicería, dijo lavehemente rubia a
su amiga, entre mustia y alegre, pero con más cargade lo
primero que de lo segundo:
—¡Por fin!...
—Por fin... ¿qué?—preguntole la otra con cara de pascua,
al ver loindefinible de la de su amiga.
—Que se decidió... eso.
—Y ¿cuál es eso?
—¡Jesús, y qué torpe estás hoy de entendederas! ¿Qué ha
de ser esomás que... lo de Gonzalo?
—¡Lo de Gonzalo! Y ¿qué le pasa a Gonzalo, hija mía?
 
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