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La Montálvez

negar la gravedad de los compromisos de su
mujer,exponiendo deudas de gratitud con los personajes
que, para entretenersus apetitos senatoriales, acababan de
ofrecerle un distrito vacante enCiudad Real, para diputado
a Cortes; insistió la marquesa en su empeño afavor del
baile, sin negar el compromiso del banquete; replicó
elmarqués, llevando la contraria, hasta con textos de
Maquiavelo y deBismarck; y, por último, terció Verónica,
que se hallaba presente en laporfía, proponiendo que se
diera una fiesta que tuviera de todo: unarecepción, por lo
más alto, en la cual anduviera el rumbo del comedor alnivel
del brillo de los salones.
Y así se hizo quince días después.
No es cosa averiguada enteramente si la fiesta causó en la
opiniónpública todo el efecto que la marquesa había
soñado; pero no tiene dudaque concurrieron a su casa
aquella noche muchas y muy distinguidasgentes; que
bailaron mucho y que devoraron mucho más; que
hubohiperbólicas ponderaciones, en variedad de tonos y
estilos, para la casay para sus moradores, por el buen gusto,
por la riqueza, por lo de lossalones y por lo del comedor;
que al día siguiente soltaron en lospapeles públicos los
cronistas obligados de fiestas como aquélla, todala melaza
de su trompetería de hojaldre, para declarar, urbi et
orbi,que los marqueses de Montálvez eran los más ricos,
los más distinguidos,los más amables marqueses de la
cristiandad y sus islas adyacentes, y suhija, la joven más
bella, más espiritual y más elegante que se habíavisto ni se
vería en los fastos de la humanidad distinguida, es decir,del
«buen tono»; en virtud de todo lo cual, aquel baile debía
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