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La Montálvez

por dos briososalazanes ingleses, y conducido por un
cochero colosal, envuelto elcuerpo en un océano de paño
gris, y media cara y los hombros en otro marde pieles
erizadas, guantes por el estilo y alto sombrero con
cucardapor coronamiento de esta silueta de oso polar,
llevando a su izquierda,como su reflejo en más reducidas
proporciones, el correspondientelacayo, se trasladó la
familia al flamante albergue, dejando en el otrolo poco que
quedaba de los ya casi borrados recuerdos que habían sido
ladisculpa de la mudanza, y hasta el polvo de las suelas del
calzado.
Todo este boato, con el apéndice de otro a su consonancia
en cuadras ycocheras, costó mucho más de cincuenta mil
duros; y me consta que por nohaber tanto dinero disponible
en casa, se vendieron papeles que lovalían, prefiriendo el
marqués sacar esta primera cucharada del ollón dela
herencia, a someterse a la tiranía de la usura, y sobre todo,
albochorno de inaugurar con una deuda aquella nueva y
esplendente fase desu vida social.
VII
Y aconteció muy luego lo que a la vista estaba desde que
la marquesaapuntó la idea de dejar la casa, relativamente
modesta, de la calle deHortaleza; y fue de este modo: el
marqués insinuó compromisos debanquete a sus amigos
políticos; la marquesa invocó deberesineludibles de
responder a súplicas de sus amigas, dando a
aquelloshermosos salones su verdadero destino; es decir,
estrenándolos con unbaile que, sin gran esfuerzo, haría raya
entre las fiestas del «granmundo» madrileño, habidas y por
haber; reforzó el primero sus razones depreferencia, sin
 
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