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La Montálvez

gesto, por no atreverse a ser másexplícitos con la lengua, al
recorrer una verdadera serie de salonesfastuosamente
decorados. Respondía ella con otro gesto que,
cuandomenos, significaba que había comprendido la
pregunta; y algo parecido leocurría a su marido con los
hombres políticos, que casi le formaban uncortejo
diariamente desde lo de la herencia, y poco más o menos
lesucedía a la hija con sus amigas; sólo que éstas eran más
claras en elpreguntar, y ella menos encogida en el
responder, por lo mismo queestaba bien persuadida del
destino de aquellos despilfarros, desde quesu madre apuntó
en la calle de Hortaleza la necesidad de vivir en casade
mayor calibre.
Al fin se terminaron las obras y el luto; invadieron la
nueva casamueblistas y tapiceros; llenáronse suelos,
paredes y techos de ricasalfombras, de espejos colosales, de
cuadros y tapices valiosísimos, dearañas estupendas y de
muebles caprichosos; llovieron esculturas ymonigotes por
todos los rincones y tableros de mesas y
veladores;atestáronse de primorosas y artísticas vajillas los
aparadores delcomedor, que era un bosque de roble tallado
y un bazar de porcelanas,bronces y cristalería, tapizado de
cuero cordobés; no quedó cortinón devestíbulo ni de puerta
de tránsito sin su correspondiente escudonobiliario; y
cuando ya estuvo todo en su punto y sazón, y
laservidumbre arreglada a las exigencias del nuevo
domicilio, y cadacriado en su puesto y convenientemente
vestido, y la cocina humeando,con su jefe bien
enmandilado y mejor retribuido, con su traílla
demarmitones y ayudantes, en un lujoso landó, arrastrado
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