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La Montálvez

exagerándola bastante el éxito de mivisita. No dio señales
de que le interesaran las noticias. Después leanuncié la
venida de Ángel, dentro de muy pocas horas..., de
minutos,mejor dicho. Entonces abrió los ojos y me miró.
Decidiome esta buenaseñal a ir más lejos en mis tentativas,
y la dije que él había estadoreal y positivamente enfermo;
que por eso no había venido, y no por loque decía el
anónimo..., y ya iba a añadir que, como mentía en eso
elinicuo papel, también mentía en la mayor parte de lo
demás quedeclaraba, cuando noté que Luz se cubría la cara
con las manos y seoprimía con fuerza los ojos, como si
detrás de ellos comenzaran abatallar otra vez sus mal
apaciguados pensamientos. Me indicó por señasque callara.
»¿Qué era aquello, Dios mío! ¿Qué noche había caído de
repente sobreaquel risueño día primaveral, tan profunda y
tenebrosa, que ni el mismosol era capaz de rasgar sus
densos crespones! ¿Habría perdido yo eltiempo? ¿Serían
igualmente mortales entrambas puñaladas?
»De cualquier modo, no era aquella la mejor ocasión de
averiguarlo. Porde pronto, urgía mucho que Luz se acostara
de veras; y eso la propuse, yeso hizo. Después, sin
advertírselo a ella, porque se hubiera resistido,mandé que
avisaran al médico.
»Entretanto, y por todo alimento en aquella mañana
memorable, tomé yodos sorbos de caldo.
»Llegó el doctor y vio a Luz. No encontró en ella ningún
síntoma deconsideración: todo el mal se reducía a una
ligera destemplanza, que securaría con las ropas de la cama
y los mimos de su madre. Pero leextrañaba mucho que no
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