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La Montálvez

ydelicado, que, tras de golpearme las sienes, me obligaba a
cerrar losojos y a tirar del escote del vestido hacia arriba, y
de las mangashacia abajo; procedían en sentido inverso la
modista y la doncella;sonreíase mi madre; quejábame yo de
que era mucho lo descubierto;replicábanme, que, por lo
mismo, y por ser bueno, había que lucirlo;atrevime a
mirarlo más despacio, y resigneme al fin, porque
quizásestuvieran ellas en lo cierto, amén de que lo
imperioso del mandatoquitaba todo pretexto a mis
escrúpulos.
»Ya estaba armada de punta en blanco: nuevas
combinaciones de luces y deespejos para verme a mi gusto
por todas partes, y ensayar actitudes,movimientos y
sonrisas, y sorprender a hurtadillas la grata impresiónde
todo ello en las caras de las tres espectadoras.
»En el salón inmediato aguardaba mi abuelo, que, en
honor mío, habíahecho aquella noche «la calaverada» de ir
a admirarme «vestida depecadora». Al verme aparecer, se
quedó como asombrado. Pensé yo que seescandalizaba, y
me cubrí el seno con el abanico. Me dijo a su modomuchas
cosas, que tan pronto me sonaban a ponderaciones
entusiásticas,como a lamentos de pesadumbre. Atajele el
discurso poniéndole mi frentejunto a su boca para que me
diera un beso, y le pagué con otro resonanteen la rugosa
mejilla, y unos cuantos embustes cariñosos, de cuyo
efectomágico sobre el corazón del pobre hombre estaba yo
bien segura.
»En esto, y mientras mi madre acababa de vestirse y de
adornarse,dijéronme que mi hermano deseaba verme.
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