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La Montálvez

Y volvía a sonreírse, y continuaba haciendo cálculos y
sumandoguarismos.
En eso se entretenía y casi del mismo modo pensaba la
mañana siguienteal día en que ocurrió lo que se refiere en
el capítulo anterior.
Después que despachó su tarea, se dio a pensar en su hija,
que enaquellos momentos estaba en su tocador. Luz andaba
algo preocupada conla indisposición de Ángel: cosas de
chicuelas enamoradas.—La marquesaignoraba lo del grave
punto que había quedado pendiente la antevísperaentre los
dos interesados. De otro modo, quizás hubiera dado
mayorimportancia a las preocupaciones de Luz, mejor
dicho, a la ausencia deÁngel; porque en Luz no cabían
recelos de cierta especie.—Si ella (lamarquesa) estaba
satisfechísima del novio que le había tocado en suertea su
hija, Guzmán no lo estaba menos; pero entrambos temían,
porque sisiempre se teme cuando se desea, en aquel caso
estaban más en su puntolos temores por motivos que el
lector, conoce bien. Y ¿qué hacer? ¿Haynegocio en la vida
que no esté sujeto al vaivén de las contrariedades yde la
fortuna? Y, sin embargo, muchos se logran como fueron
calculados.¿Por qué no había de ser uno de ellos el negocio
de Luz?
Dándolo por hecho, como lo daba casi siempre, la
marquesa puso suconsideración en el cuadro venturoso de
la vida de aquella parejaincomparable, lejos, muy lejos,
todo lo más lejos que ella pudiera, dela peste del «gran
mundo». Luz le detestaba, y Ángel no le conocía. Nocabía
temor de que se necesitaran esfuerzos para apartarlos de él;
y enapartándose, el ejemplo de los demás impulsaría hacia
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