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La Montálvez

usted mal, o yo no he sabidoexplicarme bien. De cualquier
modo, mil perdones por el tiempo que la herobado, y mil
gracias por sus bondades.
Hízola una fría reverencia y se fue, estremecido de
espanto alconsiderar que quizás había arrojado todo el rico
tesoro de sus cuitasen un hediondo basurero.
Leticia le siguió con la vista; y si el pobre mozo hubiera
vuelto lasuya entonces, más grandes habrían sido sus
terrores al leer lo queexpresaban los ojos y el continente de
su afectuosa consejera.
XV
Desde que la Marquesa de Montálvez era juiciosa y
administraba suscaudales por sí misma, tenía un
regaladísimo placer en encerrarse en sudespacho, hojear
sus libros de cuentas, tomar notas, calcular gastos
eingresos, apuntar cantidades en dos columnas, sumarlas,
restar una sumade otra, y ver al fin que, sin privarse de
nada de lo necesario, leresultaban sobrantes para
imprevistos, después de destinar un buenpuñado para
amortizar censos procedentes de su mala vida pasada.
«Espreciso verme, pensaba algunas veces la marquesa
riéndose de sí propia,aquí, y en el oratorio rezando con mi
hija, para creerlo. ¡Vaya si hedado vuelta y soy mujer
arregladita y hacendosa! ¡Si hasta me creocapaz de llegar a
ser mística y avara! Explíquese usted estosarrechuchos de
la vida, o estos misterios del corazón humano, como
diríaAljófar, que, aunque desdentado y ronco, todavía canta
y engulle.»
 
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