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La Montálvez

—Usted no sabe aún que los amores, como otras muchas
cosas, se mejorancon la salsa de la experiencia; quiero
decir que para un paladar de buengusto, son más sabrosos
los más experimentados...
Y como al decir esto Leticia, su voz, su mirada, sus
ademanes y elagitado ondular de su alto seno revelaran una
emoción y un fuego que nopedía el punto que se había
comenzado a tratar allí, Ángel receló ya detodo..., hasta de
la bata y de las babuchas de Leticia; del motivo de
sutardanza en recibirle, y de la ocurrencia de recibirle entre
el aparatomoruno de aquella estancia misteriosa; y
dejándose llevar de tan malospensamientos, también
sospechó de los que pudo tener aquella dama parainsistir
un día y otro en que él la visitara a menudo, y aun
entreviólos motivos de que la marquesa de Montálvez no
tratara a aquella amigacon la afabilidad que a otras suyas...
¿Quién sabe hasta dónde fueron aparar las sospechas del
ingenuo mozo en brevísimos instantes!
Lo cierto es que los escozores le llegaron tan al alma,
que, sin podercontenerse, se alzó del diván. Entonces
Leticia, leyéndole en la actitudlo que le estaba pasando por
dentro, quiso salvar su ociosa imprudencia,si es que la
había cometido, que yo no lo sé, cambiando súbitamente
deaspecto y diciéndole con la mayor serenidad y sin
levantarse:
—¡Si no hemos concluido todavía!
A lo que respondió el otro con voz glacial:
—Ya lo veo; pero como el punto que usted toca no es el
que yo deseabaventilar... Sin duda, me ha comprendido
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