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La Montálvez

docena de comentarios de la neófita,no tan cortos de
alcance como pudieron creer sus amigas, tomándolos
entoda su apariencia, terminó aquella entrevista, que no la
enseñó muchomás de lo que ella sabía o sospechaba.
V
Llegó, al fin, y por sus pasos contados, la tan esperada
noche de miexhibición solemne. No conservo en la
memoria los detalles minuciosos deaquel acontecimiento,
tan señalado en la vida de las mujeres de mialcurnia y de
mis hábitos, porque, como todas las realidades
muysoñadas, ésta no me pareció de la magnitud en que me
la habían forjadolas quimeras de la imaginación.
»Recuerdo que precedieron a la fiesta largas horas de
punzanteinquietud, de ávida contemplación de mis
flamantes y simbólicos arreosde batalla, tendidos sobre
lechos, sillones y cojines: desde el menudozapato de raso,
hasta las flores de la cabeza, pasando por un océano
desedas, encajes, plumas y crespones; todo aéreo, todo
casto, todosimple, como pedían y piden los estatutos de la
Orden para unadoncella de mi edad y condiciones, a quien
no le es lícito, todavía,albergar malicias en su cabeza ni
torpes sentimientos en el corazón;otras horas, no tan largas,
en lo más recóndito de mi gabinete, entremenjurjes,
abluciones y atildaduras de tocador. En seguida, la ímproba
yconmovedora tarea de vestirme todos los dispersos
perifollos: allí mimadre, allí la doncella, allí la modista; yo,
como un maniquí, rodeadade luces y de espejos. El vestido,
sin mangas y casi sin cuerpo,dejábame las carnes, de
cintura arriba, medio a la intemperie. Sentía yola impresión
del aire tibio, más que en ellas, en algo tan profundo
 
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