Not a member?     Existing members login below:

La Montálvez

—¡Bah!..., ese no es caso de risa.
—¿Lo dudas?
—Es que no lo creo. Te ríes de mis despreocupaciones,
como tú llamas aesta claridad que yo gasto, lo mismo en
hechos que en dichos. ¡Como túprefieres el sistema
contrario!... Pues mira, yo no me río del tuyo, quete lleva al
mismo fin que el mío: cuestión de temperamento y de
gustos.Por eso no le predico a ésta las ventajas de tal o cual
camino para ir adonde nosotras vamos: lo mejor es dejar a
cada cual que marche por dondemás llano lo vea.
—Estamos conformes—dijo Leticia con gran formalidad,
probablementeforzada—. Pero sea o no caso de risa lo del
cuadro que pintabas, es locierto que tanto puedes recargarle
de color, que llegue ésta a mirarlecon miedo.
—Por eso mismo—replicó Sagrario, golpeando a la
aludida en un hombrocon el abanico cerrado—, he
comenzado por advertirla que se lo cuentopara evitarle la
sorpresa del hallazgo de ello; porque ha de saltarle alos
ojos, más tarde o más temprano, eso que yo tengo por uno
de losbocadillos más sabrosos de la mesa de nuestro
mundo... ¡Caramba, y québien salió este parrafejo! ¿Si iré
para literata sin notarlo?... Confranqueza, Beronic..., y
perdona tú, Leticia, si hallas algoshocking la
despreocupación: después del placer de ser codiciada delos
hombres de buen gusto, no hay otro que más halague mi
vanidad que elser envidiada y aborrecida de las mujeres
elegantes.
Con esta explosión de las ingenuidades de Sagrario,
cuatro mordiscos dela lima sorda de Leticia, y media
Remove