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La Montálvez

desahogó lo más negro y lo másamargo, de sus penas. Eran
las primeras que tenía en su vida, y ademásmuy dolorosas y
profundas. Hay que hacer justicia al pobre chico.
Cuando se halló más desahogado y tranquilo, guardó el
retrato dondesolía y comenzó a pasear a lo largo de su
gabinete y a reflexionar comosu padre deseaba, «con la
cabeza fría y el corazón sosegado». PorqueÁngel se
consideraba ya en aquellos instantes con el juicio y la
sangreen su ordinario nivel.
Después de orear un poquito más todavía el meollo por
este procedimientode exploraciones generales alrededor del
abismo, que ya no le asustabatanto como antes:
—Veamos ahora—se dijo—las cosas a su verdadera luz,
y ajustemos lacuenta partida por partida y como deben
ajustarse todas las cuentas encasos de mucho apuro, como
este. En primer lugar, los informes que lehan dado a mi
padre sobre la marquesa, pueden muy bien no ser
exactos:no lo son; desde luego lo afirmo; y lo afirmo
porque la verdad sedesfigura, y siempre en mal sentido, a
medida que va pasando de boca enboca. Eran, pues, ya
exagerados los informes cuando mi padre losadquirió. Mi
padre me los transmitió a mí bajo una mala impresión
yteniendo gran interés en que me causaran el peor efecto
posible; luegoes indudable que mi padre exageró mucho y
por su propia cuenta lo quehabía recibido muy exagerado
ya. Esto es la evidencia misma.
Pero resulta de estos mismos informes que hay un
milagro entre losmuchos que le cuelgan a la marquesa, en
el cual no caben ni el más ni elmenos, porque, por su
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