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La Montálvez

besos resonantes aquella imagen fidelísima de lamás
hechicera «obra del demonio».
XIII
Y mientras besaba el retrato y le mojaba con lágrimas, el
pobre chicopensaba..., ¿en qué había de pensar sino en la
desdichada semejanza desu conflicto con el conflicto de la
novela que había intentado escribirél? ¿Quién le hubiera
dicho cuando se perdía en la maraña de aquellaficción;
cuando exponía las dificultades a la marquesa (que
debieron desaberla a rejalgar), y a la inocente Luz, que le
oía embelesada; cuando,¡mil veces necio, y estúpido y
mentecato!, apuraba la materia delante deellas, por la pueril
vanidad de encarecer el valor de la obra de suingenio, que
había de ser él, el propio Ángel Núñez, vivo y
efectivo,quien tuviera que resolver el problema, no como
novelista, sino comopersona comprometida en un lance
verdadero, exactamente igual al lancede su novela?
¡Resolver el conflicto! Pero, después de bien mirado el
caso, ¿dóndeestaba el conflicto? El conflicto existe cuando
el ánimo no ve salidaclara para la angustia que le acongoja;
pero en el caso de él no cabíandudas ni vacilaciones,
porque había una puerta franca y expedita, nadamás que
una, una sola: la única que podía haber. ¿Cómo no vio el
torpenovelista lo que tan palpable debió estar delante de
sus ojos? Ella ynada más que ella, con ella y para ella por
todos los días de lavida. Eso era el deber, eso el honor y
eso la felicidad.
Y Ángel, discurriendo de esta suerte, beso va y lágrima
viene sobre elretrato de Luz. Así pasó muy largo rato y
 
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