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La Montálvez

puertas, y hasta en lo más hondo delcorazón de Luz. ¿Por
qué no le había parido otra madre más humana? Y¿cómo se
concebía que pudiera nacer tan hermosa rama de tan feo
tronco?Caprichos de la naturaleza.
A todo esto, la marquesa estaba ya, de vuelta de sus
baños, en su casade Madrid; la cual casa frecuentaba
mucho Ángel, porque para eso lehabía sido ofrecida por la
amable señora. ¡Y qué bien se acomodaba elmozo a
aquellos ambientes refinados que tan nuevos eran para él!
Verdadque, fuera del aparato escénico que ya nos es
conocido, no había en lascostumbres de la casa de Luz la
menor singularidad que pudieraextrañarle ni aturdirle.
La mayor parte de las noches la madre y la hija se las
pasaban sin saliry eran contadísimas las personas que las
visitaban: señores mayores, muysosegados y juiciosos, y
muy atentos y muy amables con él. Algunasseñoras por el
estilo andaban por allí de vez en cuando, y, más de tardeen
tarde, dos, como de la edad de la marquesa, jamonas tan de
buen vertodavía como ella. La una era rubia, condesa viuda
de Camposeco; pero lamarquesa siempre la llamaba por su
nombre de pila: Sagrario. Gastaba muybuen humor, y solía
decirle cuchufletas; lo mismo que a los demás. Laotra,
también viuda y también titulada, aunque por derecho
propio,marquesa de Espinosa, y también llamada por la de
Montálvez por sunombre de pila, Leticia, era muy distinta
de Sagrario: menosestrepitosa, más seria y, quizá, mejor
tipo. Tenía unos ojos negros yescrutadores que punzaban al
mirar, correctísimas facciones, algomorena, y muy esbelta
todavía. Observaba mucho y hablaba poco; pero estopoco
resultaba esculpido. Con él, con Ángel, estaba sumamente
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