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La Montálvez

con gusto la fórmula que le dio en supregunta la marquesa,
para responder cuanto podía venir allí muy alcaso, sin que
se tomara en mal sentido la respuesta:
—Santiago Núñez, antiguo droguero de la calle de la
Cruz, y hoydedicado a negocios de pasatiempo, en la calle
Imperial, 15, segundo,derecha, que es la casa de ustedes,
con permiso de mi padre, que nodesautorizará mi
ofrecimiento.
XI
Un mozo rico, muy guapo, de alma noble, de claro y bien
cultivadoentendimiento, sin gota de sangre azul en las
venas y sin trato niconexiones de ninguna especie con el
«gran mundo», era cuanto, puesta asoñar, hubiera soñado
la Montálvez para novio de su hija. Y este novioexistía de
verdad, y amaba a Luz, y Luz estaba enamorada de él.
Hasta aquí el asunto iba rodando sobre carriles de seda y
oro. PeroÁngel, el autor de aquella novela nonata, en la
cual se hilaba tandelgado a propósito de las hijas buenas de
madres malas, resultaba, aúltima hora, pedazo de las
entrañas de aquel espectro que parecía notenerlas para las
madres pecadoras, y que la marquesa no podía olvidar,con
no haberle visto más que una vez; y con este resultando y
aquellasdudas novelescas del mozo, ya el asunto cambiaba
de aspecto y demarcha, y hasta cabía pensar en que
descarrilara, si el diablo se metíapor medio con una de las
suyas. Por de pronto, solamente al diablo se lepodía haber
ocurrido la idea de que tantas y tan buenas
prendasestuvieran reunidas en un hijo de aquel otro
demonio, y que este hijo sele hubiera metido a ella por las
 
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