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La Montálvez

A estos informes particularísimos de su persona añadió
algunos otros quepudieran llamarse de familia.
Su padre era un bendito de Dios, y su madre otra que tal,
en el fondo,pero algo más áspera y sombría en las formas.
El uno y la otra no vivíanya sino por él y para él. No
querían que se contagiara de la vida queellos hacían,
modesta y retirada; les gustaba que fuera más corrientey
algo mundano, y al mismo tiempo temían verle muy metido
en el mundopor los peligros que soñaban en él,
particularmente su madre, que erademasiado recelosa y
aprensiva. Ángel procuraba acomodarse a este tira yafloja a
que querían someterle, y lo conseguía sin gran esfuerzo,
porquetenía todo lo suficiente para sus necesidades
mundanas, escogiendo entrelo mucho lícito y honrado que
en el mundo había.
Por aquellos temores, más llevaderos en el padre que en
la madre,ansiaban los dos porque el hijo tropezara pronto
con su media naranja.Solamente viéndole casado, y bien
casado, se atreverían a conceptuarleseguro.
Y aquí se calló el relatante, porque ya no tenía más que
decir, a sujuicioso entender. Sin embargo, la marquesa
echaba de menos un detallede gran monta allí; detalle que
si Ángel no le había omitido, ella lehabía olvidado ya. En
la duda, le preguntó con dulcísima afabilidad:
—¿Cómo dijo usted—porque soy muy flaca de memoria
para nombres—que sellamaba su padre?
Y Ángel, que tampoco se acordaba si lo había dicho o no,
y temiendo eneste último caso que se atribuyera la omisión
a un motivo que no cabíaen la nobleza de su alma, aceptó
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