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La Montálvez

natural donaire de laadvenediza, lo que menos se aplaudía
en ellos.
Cerca de dos años llevaba de consumado este
matrimonio, y aún no dabaseñales de lo que el marqués
anhelaba con un ansia y un afán tan pocodisimulados, que
más de una vez dieron motivo a los ingeniosos
epigramasde la gente encopetada, los cuales caían después,
sin saberse cómo, enmedio de la vía pública, donde los
recogían estudiantes, gacetilleros yotras gentes nocivas,
que los propalaban y esparcían por toda lacapital, y aun
fuera de ella. Es muy singular el don que tiene Madrid,con
ser tan grande en comparación con una aldea, para
vulgarizar tipos,acreditar frases y poner motes.
Lo que el marqués deseaba con tan descomedidas ansias,
era un hijovarón; pero llegaron a pasar tres años, y lo
deseado no venía. Alcumplirse los cuatro hubo grandes
barruntos de algo. Pero ¿qué sería? Yesto se preguntaba a
cada instante el buen marqués, y esto lepreguntaban a cada
hora sus amigos y conocidos; y por adivinarlo,aceptaba y
rechazaba, según que se ajustaran o no a sus deseos,
cuantossíntomas y fenómenos internos y externos acepta
como artículos de fe laobservación del vulgo, cuando la
marquesa dio a luz una hembra.
Dudo mucho que se reciba con peor talante a un huésped
desconocido quese mete a las dos de la mañana en casa de
su prójimo, robándole el sueñoy alborotándole el hogar,
que a la recién nacida en el de sus padres, encuanto el
doctor proclamó, en voz desfallecida y con gesto de
terciana,el sexo que la había tocado en suerte.
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