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La Montálvez

—Pues a esa provincia—repuso el complaciente
médico—. Tome usted muypoco de lo sulfuroso y cuanto
pueda resistir de lo del mar; y si Luz notiene miedo a las
olas, que se columpie en ellas también siempre que ledé la
gana, pues hasta en naturalezas tan saludables como la
suyasientan esos tónicos a maravilla.
Y por estas razones, con alguna más que ella conocería, y
que bienpueden sospecharse sabiendo su nuevo modo de
pensar sobre las vanidadesde su mundo, se hallaba la
marquesa de Montálvez con su hija, en elrigor de aquel
verano, tomando los baños de mar en una de las playas
máshermosas, aunque no la más nombrada, de la Península.
Se encontraba muy bien allí. La concurrencia era
abundante, pero no deprimer lustre. Precisamente lo que la
marquesa quería. Gentes de buenpelaje: de tierra adentro
las más, pero sin llegar a Madrid. Como nohabía etiquetas,
aunque si mucha presunción, entre los bañistas, lamarquesa
vivía entre ellos con la mayor holgura, casi en
trajedoméstico; y no suprimía el casi, porque no se tomara
su desaliño adesdén de gran señora. El aire de la playa, el
rumor de las olas, lainquietud de la mar, el abrupto perfil
de la costa, las puestas del solentre celajes de fuego y
sumergiéndose el astro y apagando su luz poco apoco en lo
último de aquellas aguas sin fin... Cien veces lo habíatenido
delante de los ojos en otras playas de Europa, y no lo
habíavisto hasta entonces. ¡Qué saludable y qué hermoso le
parecía!
Creían hacerla un gran favor aquellos corteses bañistas
cuando lainvitaban a las fiestas con que entretenían los
ocios de la temporada; yno podían imaginarse hasta qué
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