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La Montálvez

mordaz. Por eso se creía más obligado a alejarse de
ellacuanto mayores eran sus deseos de acercarse. La
admiraba y la protegía aprudente distancia; pero esta
prudencia se parecía demasiado en sustramites al desvío de
un extraño, y él no podía conformarse con tanpoco.
Ya sabemos que había vuelto a frecuentar la casa de la
marquesa desdeque se andaba en ella a escobazos con el
diablo. En una de sus visitas,estando ya la desterrada joven
en Madrid, halló a su amiga muy alarmada.Luz sabía desde
muy niña que su madre era viuda, y de quién lo era ydesde
cuándo; pero en lo que jamás había dado, dio en las
primerasconversaciones que tuvo con su madre, recién
llegadas las dos deFrancia: en pedirla noticias y
pormenores íntimos de «su padre».¡Figúrese el lector en
qué aprietos no se vería la aristocrática viudade don
Mauricio Ibáñez para salir limpia y sin manchar a nadie, de
aquelnuevo lodazal en que la arrojaba de pronto el natural
deseo de su hija!Salió bastante mejor que hubiera salido
otra pecadora con menos ingenioy serenidad que ella; pero
salió muy dolorida y alarmada.
Refirió el caso a Guzmán, muy en voz baja y después de
registrar hastalos rincones, temiendo que la oyeran, y
también culpó a su amigo de estenuevo fruto de su vida de
iniquidades y contubernios.
—No es ya hora—la dijo Guzmán—de liquidar esas
cuentas tanenvejecidas. Tomemos el caso como una
advertencia más del celo que senecesita aquí para que no
descubra Luz lo que jamás debe serle conocido,y eso nos
baste, que no es poco en gracia de Dios. El bien de tu
hijadebe ser el móvil de todos tus actos y pensamientos. Yo
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