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La Montálvez

narración de otros sucesos harto más dignos dela atención
de los lectores.
Se cansó muy pronto de las fiestas caras y ruidosas que
daba en su casa.En su temple de jamona fresca, con su
aprovechada experiencia, su buengusto y claro ingenio,
necesitaba algo de más jugo, de más substanciaque aquella
insípida y continua exposición de mujeres frívolas y
dehombres mentecatos, cargados de perifollos; fiestas en
las que, tras decostarla un sentido, todos se divertían menos
ella. En fin, que echó lagente a la calle y dio por terminadas
las reuniones de fausto en sussalones.
Para llevar a cabo sus nuevos planes, eligió lo que había
deaprovechable entre lo arrojado de su casa y lo que
conocía de lo defuera; después autorizó a los escogidos
para que escogieran a su vez,sin pararse en pelillos de
linaje: podían espigar en varios campos, entodos los que se
dieran ingenios bien educados, desde la presidencia
delConsejo de ministros, hasta el humilde rincón de la
obscura gacetilla.Que no se reparara en edades ni en
estampas: viejos y mozos, altos ybajos; todo servía, con tal
de no carecer de ingenio ni de desparpajo;tupé, que dicen
otros. Para todos habría que hacer allí.
De mujeres (éstas eran de elección suya exclusivamente),
pocas y malas;quiero decir, de buen pico y mejores
tragaderas.
Y así se fue haciendo.
Cuando le anunciaban un presentado, preguntaba ella al
presentante:
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