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La Montálvez

en la que, entre excusas y hasta cabriolas, le ofreció
elaturdido reumático desde su potro de tortura.
—¡Oh, señora marquesa!—decía don Santiago,
tambaleándose entre elescritorio y el sillón—: si yo hubiera
sabido..., si pudiera presumirque esta casa había de ser
honrada por usted y no por otra persona de suconfianza, yo
me habría prevenido, habría esperado, y en la sala, comoes
de...
—Gracias, gracias, señor de Núñez—respondía
atajándole la gran dama,entre sonrisas picarescas—; no
tiene usted por qué lamentarse: loconozco todo; me pongo
en todos los casos.
—La rodilla, señora, esta pícara rodilla que no me
permite levantarmede pronto, ni andar sin muchísimas
dificultades—añadía don Santiago,que todo le parecía débil
para excusa de su falta—, y hasta la pocasalud de mi
esposa (y señalaba hacia ella), que también la impide...
—Nadie ha incurrido aquí en falta más que yo—repuso la
marquesa,mirando tan pronto muy risueña hacia el
reumático, como con asombrohacia su mujer, que no
chistaba—; yo, que he venido a molestar austedes sin tener
esos inconvenientes en cuenta...
—¡Molestarnos usted, señora marquesa! ¿Cuándo más
honrados ni más...?
—Me parece—apuntó aquí la Esfinge con su voz de
fantasma—que sintanto cumplimiento nos entenderíamos
mejor y mucho antes.
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