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La Montálvez

Y don Santiago se reía como unas castañuelas, porque era
así. Estabaembutido en su sillón, con la pierna derecha
entrapajada por la rodillay descansando sobre una
banqueta.
Buena ocasión era esta para describir el físico del
droguero, y en esedeber estaba yo, y a cumplir con él iba
ahora mismo; pero me obligan arenunciar a esa tarea las
mismas condiciones del sujeto: no hay pordónde tomarle
para que resulte pintoresco, porque era la
mismainsignificancia el bueno de don Santiago Núñez.
Estando en aquellos comentarios ya largo rato hacía el
matrimonio,hízose anunciar la marquesa; y poco después
entró, llenando el despachode fragancia, de crujidos de
seda cara, y de esa luz especial queirradian, en las moradas
tristes y descoloridas, las mujeres hermosas yelegantes.
La Esfinge no se movió de su pedestal ni dejó de hacer
calceta; y sólodio señales de vida para responder a la
ceremoniosa cortesía de lamarquesa con un gesto no difícil
de traducir en palabras para los queestaban avezados a leer
en aquel arranciado pergamino. El gesto queríadecir:
—¡Pufff!... ¡Qué Peste!
V
* * * * * * * * * * *
Y como don Santiago no podía levantarse de su asiento
sin gran trabajo,no hubo allí quien presentara una silla a la
marquesa, la cual se sentó,muy campechana (porque
afortunadamente era mujer de gran correa paraesos lances),
 
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