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La Montálvez

pulso, qué tino, quévigilancia había que tener con él para
que el diablo no le conquistara!
Y como si viera al diablo en cada prójimo, había hecho
un verdaderoexorcismo de su cara.
Tenían serias y largas discusiones don Santiago y su
mujer sobre elpunto referente a la educación de su hijo.
¿Por dónde comenzarían parano equivocarse? Y después,
¿le harían abogado, médico, ingeniero,cura, ministro,
general, emperador..., pontífice?... Porque los alientosde los
padres alcanzaban a todo eso, o poco menos, y los
merecimientosque suponían en el hijo, a mucho más.
Por de pronto, le matricularon en San Isidro; y después,
curso trascurso y con regular aplicación y bastante
aprovechamiento, llegó elestudiante a las vísperas del
bachillerato al cumplir los catorce añosde edad. Tenía
entonces su padre cincuenta y cinco, y su madre...,¿quién
era capaz de saberlo, ni para qué cansarse en averiguarlo?
LaEsfinge lo parecía ya de verdad; y cuando se llega a ese
estado depetrificación y de dureza, se vive una eternidad, y
no se cuenta poraños, sino por siglos, como para los
monumentos de los Faraones.
Hacia aquellas fechas (no las de los Faraones) fue cuando
don SantiagoNúñez escribió a la marquesa de Montálvez la
carta cuya substanciaconocemos.
Hablando del suceso largamente, llegó a decir la Esfinge:
—Otra nueva trapisonda tenemos. Basta con oler la carta
paraconvencerse de ello. Todas esas mujeronas huelen a lo
mismo.
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