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La Montálvez

Hela aquí, bien iluminada por la luz directa de la calle,
aunquetemplada por la interposición de vidrieras y
cortinajes entreabiertos,en el instante de atravesar el
saloncillo que separa su gabinete de laelegante pieza que le
sirve de despacho. A ver si hay castellana deleyenda que
mejor arrastre la fimbria de su vestido; ni que con máslindo
ni mejor calzado pie hunda más gallardamente el espeso
vellón deuna alfombra; ni cuerpo en que mejor caiga una
bata de paño de seda griscon encajes de Bruselas; ni curvas
de más valiente trazo para lucir lashechuras de una prenda
semejante; ni cabeza más airosa sobre cuellomejor
colocado.
El despacho era una monada, por lo pequeño y lo
primoroso. Parecía elinterior del estuche de una joya. Oro,
blanco, rosa y azul. No había máscolores allí. Azul y oro,
en el tapizado de las paredes; oro y blanco,en los muebles
de menuda talla, estilo Luis XVI, y rosa, blanco y azul,en
alfombras y colgaduras.
En la penumbra del cortinón medio recogido de la puerta
de escape haciael interior de la casa, aguardaba una
persona, a la cual mandó entrar lamarquesa un momento
después de sentarse en el precioso sillón de su mesade
escribir. La persona que aguardaba en la penumbra del
cortinón,manoseando suavemente un rollo de papeles, era
Simón, que no se dobló endos mitades al acercarse a su
señora, como se doblaba al ponerse delantedel difunto
marqués, ni se notaron en su cara ni en su voz los reflejosy
las inflexiones de entonces. Los tiempos habían cambiado
y lascircunstancias también; y lo que halagaba mucho
ciertas debilidades delpadre, no lo aceptaba, por instintivas
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