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La Montálvez

—¿Cómo se explican entonces sus resistencias a
proporcionarmeextraordinarios cuando se los pido?
—Creyendo que esas resistencias son la capa con que se
encubre parahacer su juego a mansalva. Ponderando mucho
las dificultades, sejustifican las innecesarias hipotecas, que
han sido vuestra ruina y lade todos los perdularios. Para
obtener cuatro en el momento, se hipotecauna cosa que
vale doce o diez y seis. Llega el vencimiento; no hay
conqué pagar lo prestado (lo cual sucede siempre que
quieren losmayordomos, con la disculpa de los dispendios
de sus señores), y sevende la hipoteca al desbarate. Esto es
lo que se buscaba. Ya tiene elprestamista una finquita que
vale doce o diez y seis, por poco más decuatro; la cual
finquita se distribuye después, en partesproporcionales,
entre el que preparó el negocio y el que le remató;es decir,
entre el mayordomo y el usurero...; más claro: entre Simón
ysu cómplice.
—Pero se le descubrirla el juego hecho así, por la prenda
misma.
—No hay tal. Simón tomará su parte en dinero, para
invertirlo en lo quemejor le parezca... Por eso es hoy más
rico que tú.
—Pero un ladrón, si eso fuera cierto.
—¡Psch!; no sé yo hasta qué punto obliga a serlo la
ocasión en que sele está poniendo en esta casa tantos Años
hace. Sea lo que fuere, y yaque no te resignas a no gastar
más que tus rentas, ni te sea fácildesprenderte por ahora de
ese hombre, a cuya mano estás hecha, esindispensable, ante
todo, que sepas lo que tienes y lo que debes; ydespués, que
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