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La Montálvez

matar los interminables ociosde la vida entre los hombres
del blasón y del dinero..., ¡que ya esmatar!
Ocupaba la sociedad una gran casa, de suelo a cielo, en
una gran callede lo mejor entre lo más caro de la villa y
corte; y en la gran casahabía grandes cocinas, grandes
cuadras y grandes cocheras, con muchos ymuy lujosos
carruajes, abajo; y grandes salones de conversación,
dejuegos lícitos y de lectura; grandes salas para otros usos,
hasta salade esgrima, y grandes comedores y cuartos de
tocador y gabinetes paravestirse, para escribir y para jugar
a lo que no debía verse, arriba; ylo de arriba y lo de abajo,
y lo de acá y lo de acullá, con todo ellustre de decorado y
servidumbre que la institución y sus destinosrequerían.
Claro está que una cosa de tal índole no podía ser
bautizada a laespañola: por eso se llamaba Sport-Club,
nombre que, tras de seringlés, dejaba traslucir ciertas
aficiones de la gente de adentro a unespectáculo que no se
concibe en España más que en caricatura. Lo mismoque si
en Londres estableciera la «alta sociedad inglesa, un Club
conel nombre de Círculo taurófilo, o de aficionados al
toreo, para que meentiendan mejor los que no tienen muy
hecho el oído a estas jergasgrecolatinas. En fin, bien o mal
bautizado, ello es que había en aquelentonces en Madrid
ese Sport-Club, y que, a juzgar por lo que en él secontenía
y pasaba, era como la casa de todos los que no la tenían, o
noquerían tenerla, o la frecuentaban muy poco. Por el Club
iban sussocios a todas partes, y de cualquier parte que
vinieran daban en elClub. Lo que hacen los simples
mortales con el propio domicilio.
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