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La Montálvez

No fue esto un hallazgo, en todo el rigor de la palabra,
para su hija,que ya barruntaba algo de ello por las últimas
cartas de la marquesa yla propia observación en las dos
visitas que la había hecho en elcolegio. Harto más se
admiró al convencerse de que la inusitada dulzuracon que
su madre la había tratado en París, y que ella tomó por
disfrazde añejas y naturales esquiveces, antes crecía que se
agriaba en lasintimidades de la vida doméstica; y todavía
fue mayor su asombro cuandosupo, por testimonios
fidedignos, que la modificación genial de lamarquesa, en lo
referente a este grave punto, databa de la misma fechaque
los achaques. ¿Cómo lo que de ordinario sirve para
exacerbar loshumores y despertar las impertinencias, y
hace inaguantables a lasgentes que son desabridas por
naturaleza, había producido en aquelejemplar el efecto
contrario? No podía averiguarlo Verónica. Loimportante
para ella era el hecho, y el hecho bien a la vista estaba.
Otro suceso que fue completa novedad para la colegiala:
su hermano teníaachaques también; es decir, nuevos,
muchos, demasiados achaques; pero eneste infeliz se
cumplía rigurosamente la ley común: se le
reflejabanclaramente en el espíritu los que le
desorganizaban y consumían elcuerpo. Era éste raquítico,
sarmentoso y descuajaringado. Cada pieza deél estaba mal
avenida con la inmediata: las piernas se negaban asostener
el tronco; el tronco forcejeaba por desprenderse de la
cabeza,y los brazos andaban de acá para allá sin saber a qué
arrimarse, porqueen todas partes estorbaban y de todas
partes se caían. El espíritu eradigna joya de tal estuche:
quebradizo, avinagrado y herrumbroso. Dabacompasión
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