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La Montálvez

de un precipicio, sola, sin alientos pararetroceder y
comenzando a sentirme dominada por el vértigo de
losabismos. Todos cuantos en el mundo tenían obligación
de socorrerme, mehabían empujado para colocarme allí:
nada podía esperar de ellos; a lolejos, sólo veía curiosos
que se asombraban de mis resistencias y sereían de mis
vacilaciones; abajo, en el fondo del precipicio, laalgazara
de las mujeres que me habían precedido en la caída; en
derredorde mí, envolviéndome, asfixiándome como anillos
de serpiente, unaatmósfera de insanos elementos, narcótica,
enervante; sobre laatmósfera, sobre mí, sobre el mundo
entero, allá en lo Alto, donde debíade existir un código de
moral como yo le presentía cuando me dejabagobernar por
mis propios instintos, inclinados a lo menos corrompido,
yaque no a lo más honrado..., nada tampoco que viniera en
mi auxilio... ElDios que a mí me habían hecho conocer en
mi casa era «un caballeroanciano, de muy buena sociedad»;
algo serio por razón de su jerarquía,pero muy fino, muy
complaciente y de una moral muy elástica;
dispuestosiempre a incomodarse con la gente de poco más
o menos, pero incapaz defaltar en lo más mínimo a las
señoras del gran mundo que lehonraban confesándole de
vez en cuando y en los ratitos que lasdejaban libres sus
devaneos de hembras «eximias» del género humano...;un
señor, en fin, por el estilo de mi difunto padre, aunque
quizás notan elocuente ni de tan distinguido porte como
él... ¡Y nadie ni nadamás a donde volver los ojos!
»Y, entretanto, al aceptar las reflexiones de mi madre y el
consejo dePepe Guzmán, ¿no había suscrito yo,
implícitamente, un contrato dedeslealtades y perjurios por
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