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La Montálvez

propiaobservación hecha a medias con trabas y sobresaltos,
y quizás tambiénpor obra de mi temperamento o de mi
carácter, franco y expansivo, unansia, que rayaba en
voracidad, de ver el mundo por dentro, de conocerlea
fondo, de saborearle a mis anchas, sin los velos y cortapisas
que alas puertas de él me habían, hasta entonces,
despertado los apetitos.
»Esto es todo lo que llevaba aprendido al volver a mi
casa, cinco añosdespués de haber salido de ella, sin contar
la persuasión íntima de que,mientras no se invente cosa
mejor que lo conocido, la educación menospeligrosa y más
esmerada de una niña será aquella en que más se dejesentir
la intervención amorosa de su madre, si, por su dicha,
tienemadre, y madre buena
III
Como el tiempo no pasa sin mudar la faz de las cosas,
cuando volvió a supatrio hogar la colegiala no dejó de
hallar en él cambios y mudanzas quela sorprendieron. Su
madre tenía «achaques», y achaques graves, segúnella
decía, apostándoselas al médico, que no mostraba gran
empeño encontradecirla. Estos achaques no la impedían
frecuentar los salones de«su mundo», ni la obligaban a
tachar un solo renglón de su larga listade compromisos
sociales, ni se revelaban, a cierta distancia, en sucara
frescachona ni en su apostura garbosa y elegante; pero es
indudableque los tenía, y muy hondos; achaques de
matrona presumida, biensufridos y mejor tapados con
heroicos esfuerzos de la voluntad y buenacopio de sonrisas
y menjurjes.
 
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