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La Montálvez

Santiago; que bien podía desempeñar este papel allí
laenorme leontina de oro entretejido que trepaba por el
hemisferio de suestómago. Además, apestaba el salón a
patchouli y a pomada de geranio.No sé qué cara me puso,
aunque me lo imagino, ni recuerdo en quétérminos me
saludé, ni las palabras con que yo le respondí. Sólo
tengopresente lo que pasé después, estando los dos
sentados, frente a frente,aunque con cerca de dos varas de
alfombra de por medio; y lo que pasódio principio en la
siguiente forma, palabra más o menos:
»—Anteanoche—le dije, sin pararme a disimular la
repugnancia con queabordaba aquel asunto—me insinuó
usted ciertos propósitos...
»—Tuve, en efecto, esa dicha—me interrumpió, bastante
desentonado porlas emociones que debía de sentir en aquel
instante.
»—Poco después acudió usted con las mismas cuitas a mi
madre, sinaguardar a que yo le respondiera, como se lo
tenía prometido.
»—No creí que se estoorbaran lo uno y lo otro.
»—Mal creído. Pero, en fin, ya está hecho. Y ahora,
asómbrese usted: heresuelto despachar su pretensión...
favorablemente.
»Es imposible pintar aquí las cosas que hizo y las finezas
que meenderezó mi pretendiente, al oírme hablar en
aquellos términos. Le faltómuy poco para darme las gracias
de rodillas.
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