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La Montálvez

»Llamele aparte en la primera ocasión de ello que tuve, y
le cité parael día siguiente, después del almuerzo. Lo
inusitado de la cita y de lahora, movió en alto grado su
curiosidad. Intentó satisfacer siquiera unaparte de ella,
echándome memoriales de un dulzor empalagoso; pero no
medi por entendida.
»Al despedir más tarde a Pepe Guzmán, le encargué
mucho que no faltarala noche siguiente, para darle cuenta
minuciosa del cumplimiento de unode los trámites más
importantes de mi plan.
»Por último, al retirarse mi madre a su habitación, la
advertí lo de lacita al banquero. Preguntome ansiosa que
para qué, y me excusé decomplacerla, recordándola nuestro
convenio de no descubrirla mi planhasta que estuviera
ejecutado. En hablando a solas con el banquero, loestaría...
en lo que a ella le interesaba. Algo que llevaba yo bien a
lavista en mi actitud, y, sobre todo, en mi cara, debió de
darla aentender hacia qué lado me inclinaba en el asunto
que tanto me habíarecomendado ella, porque no insistió en
la pregunta y se despidió de mímuy afectuosa.
»En seguida me encerré yo en mi dormitorio... a velar, a
padecer, aaturdirme con el pensamiento volteando entre las
ondas de la tempestadque ya no me cabía en la cabeza.
XVII
Según lo convenido con mi madre, al otro día, en cuanto
el banquerollegó, salí yo sola a recibirle. En la penumbra
del salón, dondeaguardaba, parecía el hombre una noche de
verano: de tal modo relucían ytitilaban sobre él verdaderas
constelaciones de pedrería, hasta con sucaminito de
 
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