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La Montálvez

»—¿Esa es tu última palabra?—pregunté, por conclusión,
a PepeGuzmán—. ¿Te ratificas en ella? ¿Estás bien seguro
de que el consejoque me has dado es el que yo debo seguir?
»—Es mi última palabra—me respondió con la mayor
entereza—; en ellame ratifico, y estoy seguro de que el
consejo que te he dado es el quenos conviene que sigas.
»—Pues yo voy a cumplir mi juramento de seguirle al pie
de laletra—, dije levantándome de pronto y sin saber si lo
que sentíadentro del pecho entonces era el impulso de la
decisión que mearrastraba, o el latir de un corazón
dilacerado.
»Con la vehemencia con que se toman siempre las
grandes resoluciones quepueden fracasar si se meditan
mucho, entré en el saloncillo y busqué adon Mauricio, que
con otras personas estaba haciendo la tertulia a mimadre en
el gabinete frontero al en que yo había conversado con
PepeGuzmán. Me curaba muy poco de que pudiera llevar
en la cara las huellasde la tempestad que aún no se había
calmado dentro de mí; me eraindiferente que mi casi
encierro con aquél hubiera o no chocado a losdemás
tertulianos..., ¡pues podían venírseme con melindres de
beata losque me estaban enseñando a pactar con el
demonio para venderle laconciencia! Yo no veía más que
los fantasmas de mi pesadilla, y, por elmomento, a aquel
hombre ridículo que acompañaba a mi madre. ¡Cielosanto!
Por allí tenía que pasar yo para llegar a donde mi destino
mearrastraba; y pasar por allí, por aquel, hombre, aunque
no fuera más quepasar de largo, era, para una mujer de mi
estómago, ir al patio de unacárcel, a la picota, a los cubiles
del circo..., a las fieras mismas.
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