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La Montálvez

que se altere ydescomponga, de cualquier modo, la
máquina de aquel reló de piezashumanas.
»Por eso la colegiala más querida de sus compañeras es la
más indócil yrevoltosa y holgazana, la que más depresivos
motes pone a las madres,y más perturbaciones acarrea en el
gobierno interior de la casa.
»A mí me enseñaron muchas cosas en libros, con la
aguja, de palabra,por escrito y hasta por señas y a toque de
violín; pero sobre todas lasenseñanzas obligatorias en aquel
colegio, prevalecieron las del malejemplo de mis
compañeras, más avispadas que yo, o más cargadas
demalicias y de años. Nunca me faltaron libros profanos, ni
noticiasestimulantes de los placeres del mundo; y con este
acopio y el que hicepor mí misma durante la relativa
libertad que se me concedía cuando fuide las mayores,
viendo las cosas mundanas de tarde en tarde y adeshora y
con el rabillo del ojo, y contando diez y siete años
muycumplidos, se dio por terminada mi educación en aquel
afamado colegiofrancés.
»Del cual salí diez meses después que mis inseparables
amigas Leticia ySagrario, muy ducha en bailar, en hacer
reverencias, en modular la voz,en manejar el abanico y la
cola del vestido de baile, en esgrimir losojos y la sonrisa,
según los casos, los sexos y las edades, y en elceremonial
decorativo y escénico de las prácticas religiosas; tal cualen
lengua francesa, materialmente al rape en obras de costura
yprincipios de economía doméstica, y casi, casi, en el
idioma nativo; ysobre todo esto, y por razón de los
contrabandos del colegio y de lasincompletas ideas
adquiridas en conciliábulos clandestinos, y la
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