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La Montálvez

cuanto hablaban, remedaba también susvoces con la mía.
Las hubiera tirado con los platos de muy buena gana, yno
me diera por satisfecha sin arrojarlas a escobazos del
comedor.
»¡Y todo ello porque comían muy despacio, y hablaban
mientras comían ymientras descansaban entre servicio y
servicio, creyendo las pobrecillasque cuanto más hablaran
y más comieran, mejor se acomodaban a misdeseos; y a mí
se me figuraba que por comer y por hablar ellas tanto,
nocorrían las horas lo que debían correr, y correrían
indudablemente encuanto cesaran aquella masticación
inacabable y aquella charlainsufrible!
»Consigno estas puerilidades para dar una idea de la
tensión en que sehallaba «mi curiosidad» desde que Pepe
Guzmán, dejándome la noche antesa media miel, se había
despedido de mí «hasta mañana» para «hablar
muydespacio de esas cosas» ¡Y qué natural y sin trastienda
me parecía amí aquel ansia por ver en qué paraba la porfía
galante que yo teníaempeñada (y era la primera en toda mi
vida) con el hombre de másprestigio entre las damas de
aquel tiempo!
»Terminó la comida en menos de tres cuartos de hora,
aunque yo hubierajurado cosa bien diferente, y continuó la
noche, a pesar de ello,andando, para mí, a paso de carreta.
Encerreme en el tocador, por segunda vez en pocas horas,
y pasé largotiempo (que de esto sólo hubiera jurado yo que
se trataba) consultandocon el espejo las innumerables
combinaciones de toilette que se meocurrían con los
escasos elementos que me prestaba el luto, algoaliviado,
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