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La Montálvez

a Verónica, puesto en actitud de marcharse, y ladijo con
singular expresión de acento y de mirada:
—Tenemos que hablar de estas cosas muy despacio.
Hasta mañana.
Y se marchó, tan fino, tan elegante y tan «correcto» como
había entrado.
XV
En aquella memorable noche, ¡con qué lentitud corrieron
para mí lasprimeras horas de ella! Desde la muerte de mi
padre me acompañaban a lamesa dos solteronas, primas de
él, y no muy sobradas de recursos, aunquesí de bambolla:
los parientes más cercanos que me quedaban por la
ramapaterna, pues por la materna los había tan próximos y
más abundantes,según mis noticias, aunque yo no los
conocí jamás, porque, también segúninformes oficiosos,
hubo invencible empeño en ello de parte de quientenía el
deber de empeñarse en lo contrario. Pues comiendo
conmigoaquella noche las dos parientas mencionadas,
estuve a pique de cometercon ellas los mayores desatinos.
Me sabía de memoria su fealdad, suspresunciones y
bambollas, su incurable fisgoneo, y estaba bien avezada
asus bachilleradas y pegoterías, sin que nada de ello
influyeradesfavorablemente en el sentimiento, de
compasión más que de otra cosa,que las pobres señoras me
inspiraban; pero en aquella ocasión mepareció, su fealdad
insoportable, me repugnaba el buen apetito con quecomían,
y me causaban escalofríos y convulsiones su voz, sus
palabras ysus ademanes. Sin poderlo evitar, las remedaba
con mis gestos; y paracontradecirlas, que era en todo
 
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