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La Montálvez

en que se encontraba enMadrid, a donde los apuntados
sucesos la habían obligado a volver antesde lo calculado, y,
por consiguiente, hallándose todavía rodando fuerade la
patria todos los amigos de «su mundo»; la negrura de los
espaciosa que la condujeron sus cavilaciones pertinaces, y,
¿por qué negarlo?,hasta la ausencia del único hombre de
fuste que en aquel caso pudieraser para ella un prudente
consejero, y cuanto en este hilo de sudiscurso fue
ensartando la mano de Satanás, porque otra más honrada
nopodía complacerse en hacer un rosario tan largo y de tan
fríosdesalientos, llegó a apoderarse de la infeliz una
verdadera melancolía;siendo muy de notar que antes se le
aumentaba que se le disminuía conlos cálculos risueños y
los propósitos mundanos, que eran los temasexclusivos de
la conversación de los convalecientes con ella. La cualtiene
abnegación bastante para declarar sin rebozo en este pasaje
de susApuntes, que intervenía muy poco o nada su corazón
de hija en lamanifestación de aquel fenómeno. No la
impresionaban las ilusiones desus padres por el contraste
que formaban con su certeza de que era muybreve el
espacio que las separaba de la sepultura de los ilusos,
puestoque no era el dolor de perderlos lo que sentía en sus
temores dequedarse huérfana a la hora menos pensada. El
fenómeno era producto deun trastorno nervioso, de un
estado histérico, sometido al influjo de unorden de
sentimientos muy distintos: los enumerados ya, y un
recelopavoroso de lo desconocido. Su afecto de hija no
profundizaba más que loque da de sí el hábito de vivir en
comunidad, no muy íntima, con otraspersonas. Muy poco y
bien triste le parece esto a ella misma; perotranquiliza su
conciencia con la cuerda reflexión de que lo extrañohubiera
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