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La Montálvez

—Poco antes de llegar tú—dijo a Verónica—, se presentó
aquí deimproviso; se encontró con nosotros al día
siguiente; y como si lehubiera contrariado el encuentro,
aquella misma tarde salió para París.
—¿Solo?—preguntó sonriendo Verónica.
—Solo—respondió sonriendo también su amiga—.
Porque por más que seafirmó entre los maldicientes lo
contrario, yo creo que nada tenía quever con él una dama
muy aparatosa, de cierto pelaje, que le siguió muyde cerca
al marcharse, lo mismo que le había seguido al llegar.
—¿Alta y rubia?—volvió a preguntar Verónica,
recordando quizás lasseñas de la de Interlacken.
—Morena y baja—respondió Leticia.
—¡Qué voracidad de hombre!—pensó la otra sin pedir ni
dar másexplicaciones.
Con los equipajes hechos, los convalecientes medio
embanastados; en fin,casi con el pie en el estribo ya para
volver a Madrid los tresexpedicionarios de nuestra historia,
dijo Leticia a su amiga aldespedirse de ella:
—Sé que el banquero don Mauricio bebe los vientos por
ti... ¿No tegusta que te lo diga?... Lo siento, y perdona; pero
escucha. Es untipo, bien a la vista está; pero tiene prendas
que no puede ni debedesconocer una mujer como tú. Por
tanto, como buena amiga y porque tequiero mucho, te
aconsejo que si pide tu mano, no se la niegues.
—Gracias—respondió la aconsejada, pagando con un
beso en cada mejillade la consejera otros dos que ésta le
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