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La Invasión o el Loco Yégof

Los niños, vestidos con pantalones de lienzo gris y con la cabeza y lospies
desnudos, se calientan alrededor de las hogueras que hacen en laslindes de los
bosques. Las espirales de humo azul se pierden en laaltura, en donde grandes nubes
blancas y grises permanecen inmóvilessobre el valle. Detrás de las nubes se descubren
las cimas áridas delGrosmann y del Donon.
Pues bien; es preciso saber que la última casa de la aldea, cuyo tejadode caballete se
halla atravesado por dos claraboyas de cristales y cuyaplanta baja se abre hacia una
calle fangosa, pertenecía en 1813 a JuanClaudio Hullin, un antiguo voluntario del 92,
a la sazón almadreñero enla aldea de Charmes y que gozaba de una gran
consideración entre losserranos. Hullin era un hombre rechoncho y fornido, de ojos
grises,labios gruesos, nariz corta, con una hendedura en la punta, y pobladascejas
canosas. Era de carácter alegre y cariñoso, y nunca podía negarnada a su hija Luisa,
una niña recogida en tiempos lejanos de entre esosmiserables heimatshlos—herreros,
caldereros—sin casa ni hogar, quevan de pueblo en pueblo reparando sartenes,
fundiendo cucharas ycomponiendo la vajilla rota. Hullin consideraba a Luisa como
hijapropia, y había olvidado que pertenecía a una raza extranjera.
Además de este natural afecto, el buen hombre sentía otros: amaba, enprimer
término, a su prima, la anciana labradora que tenía en arriendo«El Encinar», Catalina
Lefèvre, y a su hijo Gaspar, que había entrado enquinta aquel año, un buen muchacho,
novio de Luisa y cuyo regresoesperaba la familia cuando la campaña terminase.
Hullin se acordaba siempre con entusiasmo de sus campañas de Sambre yMosa, de
Italia y de Egipto. Pensaba a menudo en ellas, y muchas veces,al caer la tarde,
después del trabajo, se dirigía a la fábrica deaserrar del Valtin, ese lóbrego edificio,
construido con troncos deárboles sin desbastar, que podéis ver allá, al fondo del
desfiladero.Hullin se sentaba entre los leñadores, los carboneros, losschlitteros, frente
a un gran fuego hecho con serrín, y mientrasgiraba la pesada rueda, retumbaba la
presa y rechinaba la sierra, él,con el codo apoyado en la rodilla y la pipa en los labios,
hablaba aaquella buena gente de Hoche, de Kléber y, por último, del
generalBonaparte, a quien había visto cien veces, describiendo su rostroenjuto, sus
ojos penetrantes y su perfil de águila, como si le tuvierapresente.
Tal era Juan Claudio Hullin.
Era un hombre de la vieja cepa gala, apasionado por las aventurasextraordinarias y
las empresas heroicas, pero aferrado al trabajo por elsentimiento del deber desde el
día primero del año hasta el día de SanSilvestre.
En cuanto a Luisa, la hija de los heimatshlos, era una muchachaesbelta, fina, de
afiladas y delicadas manos, de ojos de un azul celestey tan dulces que penetraban
hasta el fondo del alma de quien los veía;su tez era blanca como la nieve; sus
cabellos, rubios como el oro, tansuaves como la seda, y los hombros, oblicuos como
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