Not a member?     Existing members login below:

La Horda

—Pues sí, joven amigo—dijo con la entonación solemne que empleaba alcharlar en
los corrillos de la Alta Cámara—. Yo me he tomado lalibertad de hacerle venir porque
tengo que proponer a usted algo queconsidero muy beneficioso para su persona. Yo
entiendo que hay queproteger a la juventud; yo amo a los jóvenes; soy uno de ellos,
por másque muchos no lo crean viéndome dedicado a serios estudios, a
problemasgraves, que mejor cuadran con la vejez. Pero la vida no es un sueño,como
ya le dije a usted en cierta ocasión. La vida no es un juego, y hayque aceptarla con
toda su seriedad... Por lo demás, lo que tal vez seabeneficioso para usted será
indudablemente muy útil para mí, y si ustedlo acepta, merecerá mi agradecimiento.
Isidro, que escuchaba atentamente estas palabras del senador, con todosu relleno de
retazos oratorios, no sacó nada en claro. ¿Qué deseaba elseñor marqués? Allí estaba él
para servirle; podía decir cuál era suintención.
El personaje volvió a hablar con no menos anfibologías y rodeos, como sitemiese
descubrir de golpe su pensamiento. El vivía muy ocupado. Era elhombre que en todo
Madrid disponía de menos tiempo para dar satisfaccióna sus particulares aficiones.
Por una parte, la sagrada defensa de lostrigos, y por otra, las asociaciones de
propaganda católica y dereligiosidad obrera, devoraban todo su tiempo. Era
vicepresidente deunas Ligas, secretario de otras, y consideraba un deber sagrado
nofaltar a ninguna de sus reuniones. A más de esto, le asediaba el partidocon sus
exigencias de disciplina, gozaba del afecto del jefe, a cuyatertulia no le era lícito
faltar, y tenía que ocuparse de la educaciónde sus hijos, dos muchachos
irreprochables, que profesaban las ideassanas de su padre y merecían los elogios de
sus antiguos maestros, losbuenos sacerdotes de la Compañía.
Maltrana acogió con graves movimientos de cabeza y risas interioresestas palabras.
Conocía de vista a los hijos: les había encontradomuchas noches en Romea y otros
salones donde cantan y bailan las«estrellas» del género ínfimo. Uno de ellos firmaba
pagarés en blanco atodos los usureros de Madrid para atender de este modo al
sostenimientode cierta divette procedente de Perpiñán.
—En estas condiciones, pues—continuó el senador con entonaciónoratoria—, me
es imposible dedicar mi actividad a los trabajos depluma, exteriorizar mis modestas
ideas sobre el papel. Porque yo, amigoMaltrana, también soy escritor. Por esto me
inspiran tanto afecto losjóvenes que, como usted, se dedican a las bellas letras... Yo,
segúndicen mis amigos, hablo bastante bien; pues crea usted que soy másescritor que
orador. He publicado poco; mi modestia me lo impide. Pero¡si viese usted el montón
de papel que llevo emborronado!...
Y como creyera ver en Maltrana un ademán de curiosidad, se apresuró aañadir:
—No; no puedo enseñarle ninguno de mis trabajos. Mi modestia me obligaa
romperlos antes de acabarlos. Necesito que alguien me ayude y meempuje. Yo tengo
Remove