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La Horda

Había vuelto a cogerla por las manos, y se las apretaba sin saber quédecir,
repitiendo lo mismo:
—¡Feliciana... Feliciana!
—Hombre, ¡déjala en paz! Ya te he dicho que no soy Feliciana. ¿A quérepetir su
nombre? ¡Para lo que te fijas en ella cuando la ves! Nunca lahas mirado los ojos;
nunca has visto en ella nada de extraordinario. Túte crías para cosas mejores. Tu
madre quería verte casado con unaseñora; tu abuela asegura que el mejor día vendrás
a verla en carruajede dos caballos, con una señorita de gorro alto... Deja a
Feliciana;deja a la pobre que llore y se pudra de pena. Pero sábelo, bandido,canallita,
golfo presumido, sosaina: Feliciana tiene la desgracia dehaberse chalao por ti;
Feliciana te quiere; pero es mujer, y calla, yse le corrompe la sangre al ver que este
burro, o no lo conoce, o es unladrón que se divierte fingiendo que no se entera.
Detrás de la careta sonó un suspiro. El bebé se llevó las manos alpecho, y por los
agujeros del cartón viéronse los ojos húmedos,lacrimosos.
Maltrana, turbado por las palabras de la máscara, no acertó a
contestar.Instintivamente llevó una mano al antifaz y tiró de él.
Apareció el rostro de Feliciana congestionado, con los ojos llenos delágrimas. Al
verse con la cara descubierta, quiso escapar; despuésintentó sonreír.
—Todo ha sido una broma. Confiesa, Isidro, que he sabido marearte, yolvida esas
tonterías.
—Feliciana—dijo el joven gravemente—, no llores. Broma o realidad,bendigo tu
valor que te ha permitido decirme tales cosas. Tienes razón:soy un tonto; pero
orgulloso, nunca. El ciego ya ve; el distraído sefija.
Sin darse cuenta de lo que hacía, una de sus manos soltó las de lamuchacha,
deslizándose instintivamente por su talle.
Feliciana fijó en él sus ojos húmedos, negros como dos gotas de tinta,que reflejaban
el lejano foco de sol. La presión de aquel brazo en sutalle parecía doblarla, vencerla.
Se miraron, sin osar decirse nada, asustados de su atrevimiento, de estarápida
aproximación.
Sonaron cerca de ellos los gritos de las máscaras. El alegre grupovolvía de la
cañada perseguido por los mozos.
La audacia que había hecho hablar a la joven con la careta puesta laabandonó de
pronto. Desvaneciose su atrevimiento, producto de unossorbos de vino y del amparo
del antifaz. Feliciana hizo el mismo gestode espanto que si despertase de súbito
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