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La Horda

Tenía ésta dos hermanos, antiguos traperos de Bellasvistas, que habíanacabado por
establecerse en el Rastro. Uno colocaba su puesto en laRibera de Curtidores,
dedicándose a la especialidad de armas y viejosinstrumentos de música, que arreglaba
con maestría extraordinaria. Otroera el grande hombre de la familia; todos hablaban
de él con respeto, acausa de su riqueza. Había hecho buenos negocios; apenas sabía
pintar sufirma, pero las echaba de anticuario, y tenía su tienda en el patio delas
Américas viejas.
Los dos conocían vagamente a su sobrino Maltrana, por haber llegadohasta ellos su
fama de sabio. Además, la esperanza de que pudieseheredar a su protectora les
inspiraba gran consideración. La primera vezque se presentó a ellos con su madre
acogiéronle con grandes agasajos.Después, al volver solo, aún le recibieron con cierto
afecto, creyéndoloposeedor de la herencia y en camino de ser un personaje que
extenderíasu protección sobre toda la familia. Pero viéndole en cada visita con
unaspecto de miseria creciente, los codos y las rodillas del trajebrillantes por el uso, y
las botas torcidas, acabaron por hablarle confrialdad y visible recelo.
«Estos temen que les suelte algún sablazo», se dijo Maltrana.
Y como vivía al otro extremo de Madrid, dejó de visitar a sus parientesdel Rastro.
En el barrio de las Carolinas, más allá de Tetuán, albergue de lasgentes de la busca,
tenía a su abuela, la señora Eusebia, conocida porla Mariposa, una de las traperas más
antiguas.
Maltrana iba a verla en su casucha de ladrillos, que pasaba por ser elmejor edificio
del barrio, y eso que el joven podía tocar con las manossu alero de tejas viejas.
En el corral, delante de la casa, roncaban tres cerdos negros y enjutos,hociqueando
la basura. Las gallinas picoteaban en medio tonel lleno degarbanzos deshechos, judías
despanzurradas y huesos de aceituna, todoformando un plasma repugnante. Eran
residuos de comida recogidos en lascasas; los restos de los pucheros que nutrían a
Madrid.
La vieja le saludaba con cariño y respeto, viendo en él la gloria de lafamilia. Sus
ojos lacrimosos y enrojecidos le miraban acariciadores,pero al mismo tiempo no se
atrevía a tenderle los brazos, a poner en élsus manos negras y huesosas, con los dedos
cargados de sortijas delatón. Su nariz de bruja y su barbilla saliente asomaban bajo un
pañuelorojo que la oprimía las sienes. Un trozo de mantón sujeto al talle conuna
cuerda servíale de corsé y de faja. El jubón era de seda negra,quemada por el tiempo,
y se abría por todos lados, mostrando, al travésde la urdimbre, en unas partes la
camisa de blancura amarillenta, enotras la amojamada carne de un tono verdoso de
bronce oxidado. Calzabapantuflas de distinto tamaño y color, una roja y otra azul,
adquiridasal azar de la busca. La falda estaba matizada de grandes remiendos,
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