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La Horda

burla contra su frágil voluntad.Todos estaban más unidos por las aberraciones del
gusto que por laadmiración literaria.
Se murmuraba, en la tertulia, de los ausentes, en presencia de Maltrana,cambiando
el género de sus nombres, haciéndolos femeninos. «La Enriquetacree tener talento, y
es una fregona.» «La comedia de la Pepa no valenada...» Por la noche iban todos ellos
a lo que llamaban gran mundo, alas reuniones frecuentadas por sus familias o a los
palcos de la gentearistocrática. Las señoras se confiaban a ellos, hablándoles con
eldescuido que da la ausencia de todo peligro. Luego, sus tertulias en lacervecería
eran una prolongación del chismorreo femenino, mencionándosepor todos ellos los
defectos ocultos de las damas más famosas, con unadelectación hostil, como si les
complaciese las debilidades y miseriasde un sexo enemigo.
Todos eran refinados, sutiles, enemigos de la vil materia, de la prosade la vida y de
las violentas emociones. Publicaban volúmenes depoesías, con más páginas en blanco
que impresas. Cada grupito de versosiba envuelto en varias hojas vírgenes, como flor
de invernadero quepodía morir apenas la tocase el viento de la calle. Abominaban de
laimpiedad de las masas, de todas las realidades de la vida vulgar; sedecían católicos,
anarquistas y aristócratas al mismo tiempo; nopensaban gran cosa en la religión, pero
hablaban, con los ojos enblanco, de la dulzura del pecado monstruoso y de la
voluptuosidad delarrepentimiento, seguido de la reincidencia. Encontraban un fondo
dedistinción en la vieja liturgia de la Iglesia, y titulaban sus poesíasmicroscópicas
Salmos, Letanías o Novenarios.
Otros escribían comedias de sátira contra las costumbres de laaristocracia, que eran
las suyas: obras teatrales en las que colaborabael modisto con el poeta, y no había
gran toilette que no tuviese suamor con un frac, que jamás era el del esposo. «Hay que
flagelar»,gritaban con expresión terrible.
Y Maltrana pensaba sonriendo:
«Está bien. ¿Y a éstos quién los flagela?...»
De vez en cuando se ingerían en la reunión ciertos hombres de aspectobestial y
groseros modales, que les tuteaban, tratándolos con lasuperioridad despectiva del
macho fuerte. Eran toreros fracasados,antiguos guardias civiles, mozos de tranvía, que
vestían como señoritosy se mostraban contentos de su vida de holganza. Algunos
hablaban de sumujer y sus hijos, y atusándose el pelo, justificaban con el amor a
lafamilia lo extraordinario de sus ocupaciones.
—Hay que ayudarse con algo. Los tiempos están malos y cada uno seagarra a lo
que puede.
Uno de los jóvenes, el marqués que había encontrado a Maltrana ciertoparecido con
Beethoven, acosábalo con su pegajosa amistad. Le pagaba losbocks, le había regalado
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