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La Horda

la leche descargábanseen el fielato cestones de huevos cubiertos de paja, piezas de
requesón,racimos de pollos y conejos caseros. Sobre la platina de la
básculasucedíanse las especies alimenticias en sucia promiscuidad. Caían enella
corderillos degollados, con las lanas manchadas de sangre seca, ymomentos después
apilábanse en el mismo sitio los quesos y los cestos deverduras. Las paletas, envueltas
en un mantón, con el pañuelofuertemente anudado a las sienes, volvían a cargar sus
mercancías en losserones, y apoyando el barroso zapato en la báscula, saltaban
ágilessobre su asno, azuzándolo al trote hacia Madrid, para vender sus huevosy
verduras en las calles inmediatas a los mercados.
La invasión de los traperos hacíase más densa al avanzar el día. Susligeros carros en
forma de cajón eran de un azul rabioso, con un óvaloencarnado en el que se
consignaba el nombre del dueño. Venían deBellasvistas y de Tetuán, de los barrios
llamados de la Almenara, deFrajana y las Carolinas. Los más pobres no tenían carro,
y marchaban alomos de un borriquillo, con las piernas ocultas en los
seronesdestinados a la basura. Las matronas de «la busca» pasaban erguidassobre sus
rucios, arreándolos con la vara, ondeando detrás de su espaldalas puntas del rojo
pañuelo, con la cara tiznada de churretes, los ojospitañosos por el alcohol, y en las
negras manos una doble fila desortijas falsas y relucientes, como adornos africanos.
El asno, fiel compañero del trapero, desfilaba en todas sus míserasvariedades,
tirando de los cajones, trotando bajo los varazos de lasamazonas. Eran animales
pequeños y sucios, de una malicia casi humana.Rara vez buscaban su comida en el
campo; se alimentaban con losgarbanzos sobrantes de los cocidos de Madrid;
rumiaban en sus pesebreslo que el día anterior había pasado por las cocinas de la
población, yeste alimento de animal civilizado parecía avivar su inteligencia.
Jamáshabían sentido el fresco contacto de la tijera ni el benéfico roce de laalmohaza.
Su piel era una costra, sus lomos no tenían vestigios de pelo,sus patas delanteras
estaban cubiertas de luengas lanas, que les dabanel mismo aspecto que si llevasen
pantalones.
Pasaban y pasaban jinetes y carros, como una horda prehistórica quehuyese
llevando a la espalda el hambre, y delante, como guía, el anhelode vivir. Trotaban las
bestias, pugnando por adelantarse unas a otras,como si husmeasen bajo la masa de
tejados que cerraba el horizonte losresiduos de todo un día de existencia civilizada, el
sobrante de la granciudad que había de mantener a los miserables acampados en torno
deella.
Una turba de peatones invadió el camino. Eran los vecinos de labarriada, obreros
que marchaban hacia Madrid. Salían de las callesinmediatas al Estrecho y a Punta
Brava, de todos los lados de los CuatroCaminos, de las casuchas de vecindad con sus
corredores lóbregos y suspuertas numeradas, míseros avisperos de la pobreza.
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