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La Horda

Sus ojos estaban inmóviles, considerablemente agrandados, con unestrabismo que
dejaba al descubierto toda la córnea, empujando la pupilaa un ángulo de los párpados.
Se llevaba las manos a la frente.
—Dolor... mucho dolor—murmuró como una niña enferma.
Después se tentaba el estómago, repitiendo el mismo quejido. Inclinabala cabeza,
como si no pudiese resistir el peso de aquella cefalalgia queentorpecía sus facultades
intelectuales. Contestaba con incoherencia alas angustiosas preguntas de Isidro o no
las contestaba, permaneciendoen un silencio enfurruñado.
De repente se quejó del zumbido de sus orejas, que parecía enloquecerla,del
hormigueo que sentía en su cuerpo, de la rigidez que inmovilizabasus miembros.
—Todo rueda—gimió—. Ruedan las paredes... se abre el piso... unagujero muy
negro, ¡muy negro! Isidro, cógeme... agárrame, que mecaigo... ¡que me caigo!
Y a pesar de que el joven la tenía fuertemente sujeta entre sus brazos,ella
manoteaba, defendiéndose para no caer en el negro abismo que veíasu trastornada
imaginación.
Luego dio un alarido y rompió a llorar con desesperados gritos:
—¡Mi padre... mi pobre padre! Míralo: está en la puerta... entra... nosmira; lleva
una mortaja... blanca, blanca como la nieve.
Sus ojos extraviados miraron hacia la puerta; y había tal seguridad ensus palabras,
que Maltrana se volvió, creyendo por un momento en lacerteza de la alucinación.
Con grandes esfuerzos pudo llevarla hasta el pobre lecho y la tendió enél, creyendo
terminada la crisis. Seguía llorando; el joven esperaba quelas lágrimas la librasen del
dolor que le oprimía los pulmones y leatravesaba la frente como si fuese un clavo
enrojecido.
Pronto se convenció de que la crisis iba en aumento. Feli, tendida en lacama, ya no
movía su cabeza de un lado a otro con penoso vaivén. Lainclinaba sobre el hombro
derecho, al mismo tiempo que sus ojos seguíanmirando hacia la izquierda con una
fijeza inquietante, como sicontemplasen algo que la infundía pavor. Las pupilas se
dilataban; laboca entreabríase con el temblor de las mandíbulas o se
cerrabaoprimiendo la lengua. La palidez de su rostro tomaba un tinte lívido;
larespiración era penosa, breve, irregular, agitada por ruidosos suspiros.De pronto,
interrumpiose aquélla con una contracción violenta de losmúsculos del pecho, y la
enferma quedó inmóvil, como si fuese a perecerpor asfixia.
Maltrana agitábase en torno de la cama, aturdido, sin saber qué hacer,aterrado por
su soledad y su inexperiencia.
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