Not a member?     Existing members login below:

La Horda

Presentábanse los primeros madrugadores temblando de frío, y luego deapurar la
copa de alcohol o el café de «a perra chica», continuaban sumarcha hacia Madrid a la
luz macilenta de los reverberos de gas. Acababade abrirse el fielato y los carreteros se
agolpaban en torno de labáscula. Los cántaros de estaño brillaban en largas filas bajo
elsombraje de la entrada. Discutían a gritos por el turno.
—¿Quién da la vez?—preguntaba al presentarse un nuevo carretero.
Y al responderle el que había llegado momentos antes, colocaba suscántaros junto a
los de éste, con el propósito de repeler a trallazoscualquiera intrusión en el turno.
Todos mostraban gran prisa por que les diesen entrada, azorando con suspeticiones
al de la báscula y a los otros empleados, que, envueltos ensus capas, escribían a la luz
de un quinqué. Los cántaros sólo conteníanleche en una mitad de su cabida. Mientras
unos carreteros aguardaban enel fielato, otros avanzaban hacia Madrid, con cántaros
vacíos, en buscade la fuente más cercana. Allí, dentro del radio, sin temor alimpuesto,
se verificaba el bautizo, la multiplicación de la mercancía.
Los carros de la sierra, grandes, de pesado rodaje y toldo negro,comenzaban a
desfilar hacia la población, cabeceando como sombríosbarcos de la noche. Otros más
pequeños deslizábanse entre ellos, pasandoante el fielato sin detenerse. Eran los
vehículos de los traperos, unascajas descubiertas de las que tiraban pequeños borricos.
Los dueños ibantendidos en el fondo, continuando su sueño, con la tranquilidad que
lesdaba el estar a aquellas horas la calle de Bravo Murillo libre detranvías. Algunas
veces, la bestia, imitando al amo, detenía el paso yquedaba inmóvil, con las orejas
desmayadas, como si dormitase, hasta quela despertaban un tirón de riendas y un
juramento.
La lluvia cesó al amanecer. Una luz violácea se filtró por entre lasnubes, que
pasaban bajas como si fuesen a rozar los tejados. De la brumamatinal surgieron
lentamente los edificios, humedecidos y relucientespor el lavado de la lluvia; el suelo
fangoso con grandes charcos; losdesmontes de tierra amarilla con manchas de
vegetación en lashondonadas.
El cementerio de San Martín mostró sobre una altura su románticaaglomeración de
rectos cipreses. La escuela protestante asomaba sobrelas míseras casuchas su mole de
ladrillo rojo. Marcábase en la anchacalle de Bravo Murillo la interminable hilera de
postes eléctricos: unafila de cruces blancas flanqueadas de arbolillos, y en el fondo,
sumidoen una hondonada, Madrid envuelto en la bruma del despertar, con lostejados
a ras del suelo y sobre ellos la roja torre de Santa Cruz con sublanca corona.
Así como avanzaba el día, era más grande la afluencia de carros ycabalgaduras en
la glorieta de los Cuatro Caminos. Llegaban deFuencarral, de Alcobendas o de
Colmenar, con víveres frescos para losmercados de la villa. Junto con los cántaros de
Remove