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La Horda

encontró. Fue al extremo opuesto de la villa,en busca de otro amigo, pero tampoco
estaba en casa.
Pensó, como supremo recurso, en el marqués de Jiménez. Este no
podíaabandonarle; le pediría socorro aunque fuese de rodillas.
Arrastrando los pies, llegó al barrio de Salamanca. Tuvo que discutircon el portero,
que le cerraba el paso, y al fin le dejó subir por laescalera de servicio para que no
manchase la alfombra de la escaleraprincipal con la nieve derretida que soltaban sus
pies. En la puerta dela cocina le rechazaron con aspereza después que un criado
desapareciópor unos instantes para anunciar su nombre. El señor marqués estaba
muyocupado: no podía recibirle.
Era más de mediodía. El cielo, de un gris blanquecino, amenazaba con másnieve.
La luz de interminable crepúsculo reflejábase en la blancura contonos lívidos.
Maltrana caminaba desalentado, con los brazos caídos, sinsaber adónde dirigirse.
Su voluntad desplomábase, vencida, falta de fuerza para luchar: queríamorir. Todos
los caminos estaban cerrados para él; iba como si el mundose hubiese despoblado de
pronto. Toda la nieve que abarcaban sus ojos lallevaba en el alma.
En la Puerta del Sol vio una hornilla enorme llena de fuego, y en tornode ella un
tropel de golfos, de vagabundos, que se calentaban las manos,pataleando al mismo
tiempo para reanimar sus pies entumecidos.
Maltrana uniose a ellos, y el benéfico influjo del calor pareciódespertar su voluntad.
¿Qué hacía allí? Pensó con remordimiento enFeliciana, que temblaría de frío en su
casucha, mientras él se calentabaen el público brasero. Aquellos vagabundos sin
familia y sin afectoseran superiores a él; podían luchar más bravamente con la
desgracia.
Creyó en la posibilidad de conmover a aquel tendero de las Cambronerasal que
tanto debía. Su salvación, por el momento, estaba allí, ya que enMadrid todos eran
invisibles, como si el frío endureciese lasconciencias, como si la paralización de la
vida aislase a los hombres ensu egoísta bienestar.
Regresó a casa. Al salir por la Puerta de Toledo vio la nieve inmaculaday tersa, sin
una huella, sin el pisoteo fangoso de las calles, igual ybrillante, como una inmensa
mortaja que cubría el río, los montes, lasviviendas, y de la cual surgían los árboles
como hilos sueltos.
Le dio miedo esta extensión, rasa a la vista, que ocultaba lasdesigualdades del
suelo, las cunetas, los hoyos de los árboles, losdeclives de los desmontes. Su
pensamiento, quebrantado por el hambre,entorpecido por el frío, creyó ver, con tétrica
alucinación, la imagende su vida futura en esta planicie blanca, silenciosa, monótona.
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