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La Horda

Además, se creía con derechos absolutos sobre la persona y los bienes desu
catequista, y miraba con hostilidad a la pareja que vivía con elseñor Vicente,
sospechando que le despojaban de una parte de lo queconsideraba como suyo.
No hablaba con él que no le hiciese preguntas sobre la vida de aquelmatrimonio,
enterándose minuciosamente de la puntualidad con quecumplían sus compromisos.
—¡Aún no le habrán pagado el último mes!...—decía al avistarse con el«santo»—.
¡Ni el anterior tampoco!... ¡Y usted tan tranquilo! ¡Quéhombre, Señor Dios!... Eso no
es caridad, don Vicente: eso es tontería.La caridad debe comenzar por los buenos, por
los que defienden las sanasdoctrinas. Es una vergüenza que usted pague por esas
gentes, mientras meabandona a mi que tengo familia, que soy su hijo y vivo como
buencatólico.
El hermano excusábase tímidamente, rebañando sus bolsillos para acallarcon
alguna dádiva las protestas del temible discípulo.
—No son mala gente—afirmaba refiriéndose a sus huéspedes—. Lospobrecitos
tienen tan poca fortuna, que hay que ayudarles. Ella es unaexcelente muchacha: tan
trabajadora... tan modosita...
—Pero no van a misa, don Vicente; fíjese usted y verá como nunca entranen la
iglesia. El es un impío que ha escrito en los peores papeles.Entre usted un día en su
habitación, busque bien, y verá como encuentraa montones los escritos contra el
Señor y los santos... Además, me da elcorazón que no son casados; esa pareja no vive
como Dios manda.
El crédulo hermano protestaba. Su discípulo incurría en el pecado demurmuración;
pensaba mal de todos: eran resabios de su antigua vida.¿Por qué no habían de ser
casados? El señor de Maltrana y ella se lohabían asegurado y debía creerles... Cada
uno en su casa, evitandochismes y curioseos, y al que fuese malo ya lo castigaría
Dios.
—Eso es—mugía el discípulo—. Ellos a vivir de gorra, a comerse eldinero de
usted, que es mi padre, mientras yo rabio, sin poder darme elgusto de ir a las Cuarenta
Horas o al sermón, trabajando para que lamujer y los chiquillos coman apenas.
—Todo se arreglará—decía bondadosamente el hermano—. La misericordiadel
Señor es grande y a todos alcanza.
Isidro, adivinando la hostilidad del zapatero, le acogía con duro gestocuando se
presentaba en la casa buscando al señor Vicente. Se burlaba desu religiosidad feroz;
presentía el despotismo que ejercía sobre elcatequista, el abuso que hacía de su
cualidad de alma redimida por elsencillo hermano.
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