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La Horda

en el suelo gorras abandonadas y el negrobulto de un hombre caído intentando
incorporarse sobre las manos, con lafrente roja.
Las mujeres eran las que menos corrían. Algunas deteníanse con losbrazos en
jarras, soltando por la boca todas las injurias de su exaltadaimaginación.
—¡Cobardes! ¡Cabritos!...
Como si conociesen la historia y la familia de cada uno de los guardias,les echaban
en cara su envilecimiento. Ellos allí, pegando a los pobrestrabajadores, y mientras
tanto sus mujeres acudiendo a las citas... Ytras este desahogo, corrían otra vez al ver
que se acercaban con elsable levantado.
Más aún que los sablazos, irritaron a la manifestación los palos deciertos hombres
sin uniforme que iban en el entierro escuchando lo quese hablaba en los grupos, y
que, al sonar los primeros golpes, habíanenarbolado el vergajo, apaleando en derredor
suyo. La muchedumbrebramaba contra los canallas de «la secreta».
Un grupo de mozuelos apostados en los solares inmediatos hacía frente alos
acometedores, con la arrogancia de la juventud. Eran los valientesque surgen en toda
revuelta, los héroes de la calle, que son cantadospor la más alta poesía cuando triunfa
una revolución, o van a la cárcelcon los rateros cuando intervienen en un motín.
—¡Fusiles!—rugían mirándose unos a otros, como si pudieranproporcionárselos—.
¡Ay, si tuviéramos fusiles!...
Y había en su gesto una expresión heroica, la resolución de morirmatando, de
perseguir a los enemigos hasta el centro de Madrid. A faltade armas, recogían del
suelo las piedras, los cascotes, los pedazos delata, los zapatos viejos, arrojando una
lluvia de proyectiles sobre lapolicía. Esta, habituada al impune apaleo de la
muchedumbre sin armas,permanecía indecisa, titubeando con cierta inquietud ante un
enemigoresuelto, que, no contento con atacar, avanzaba audazmente.
Sonó algo semejante a un chasquido de tralla. El capitán acababa dehacer fuego con
su revólver.
—¡Fuego, me caso con la hostia! ¡Fuego!
Los polizontes disparaban sus revólveres avanzando con paso de héroes,eligiendo
sus blancos en aquellas espaldas que huían por todos lados.
Maltrana pensó en el señor José. Su entierro era digno de las creenciasde su vida.
Nada faltaba en él: palo a la canalla, fuego a discreción,con gran voluptuosidad de los
defensores de la ley, que podían escogersus víctimas impunemente.
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