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La Horda

pie. Quien había escrito un libro tan notable, bienpodía en una noche pergeñar unas
cuantas cuartillas a guisa deintroducción.
—Y yo, joven amigo—siguió diciendo el prócer—, le transmito a ustedel encargo,
rogándole que haga todo cuanto sepa... ¡Qué honor, joven!¡Escribir cosas que ha de
avalorar con su firma un personaje ilustre!Muy pocos alcanzan esta gloria a la edad de
usted... Creo inútilindicarle lo que el prólogo debe decir. A su talento me confío. El
jefeme quiere mucho; de permitirlo sus ocupaciones, hubiese dedicado a miobra
grandísimas alabanzas. Tire usted de pluma sin miedo. Mejor quenadie, sabe usted
que ese libro es el resumen de una larga vida políticay que hay en él cosas muy
notables.
Descendiendo, como él decía, a la práctica, y sin soñar—eso nunca—,habló el
marqués de la remuneración del nuevo trabajo. Por el libro,ajustado en tres mil reales,
le daría mil pesetas, pues estaba contento,aunque no había apretado la mano tanto
como él deseaba en lo de lasnotas. Aun así, el jefe, que sólo conocía el índice, había
hecho grandeselogios de la erudición de la obra. Por el prólogo le
aumentaríacincuenta duros, pero tendría que lucirse, haciendo un trabajo
queasombrase y apabullase a los otros caudillos de grupo que osabandiscutir en el
Congreso con el ilustre jefe.
—Estos son misterios de alta política. ¡Qué honor para usted conocerlossiendo tan
joven! Punto en boca, amigo Maltrana: me perdería usted anteel jefe si éste llegase a
saber que el prólogo lo ha hecho otro que yo.No tendría confianza en mi, y a usted le
conviene que la tenga... Cuandoseamos Poder... ¡Ya verá usted cuando seamos Poder!
Con estas esperanzas pretendía halagar a Maltrana para que guardasesilencio. El
joven escribió el prólogo, mostrándose satisfecho de laretribución. ¡Cinco mil reales,
de los cuales llevaba comidos cerca dela mitad!... Le quedaba cuerda para dos meses
largos, y en este tiempo,raro sería que don Gaspar, halagado por el éxito, no desease
hacer otrolibro. Decididamente, la vida era alegre.
Aún no había salido del primer encantamiento de su existencia plácida,ordenada y
tranquila al lado de Feli. La muchacha se revelaba como unaexcelente ama de casa.
Descendía por las mañanas a la plazuela conmantón y cesta; después, pasábase el día
con los brazos arremangados,cocinando, sacudiendo el polvo, repasando la escasa
ropa de Isidro.
Nunca había ido éste tan pulcro. Sus amigos hablaban con asombro de lablancura
de su camisa y la limpieza de su sombrero. Además, engruesaba,tenía mejor color.
Los pucheretes de Feli, los guisos campestresaprendidos en casa de su padre y el no
trasnochar daban nuevo vigor a sucuerpo quebrantado por las privaciones y
desarreglos de la vida bohemia.
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